Hay variedad de árboles, no solo por su edad, tipo, tamaño o color, sino también por la historia de cada uno de ellos. Me encontré con un árbol con un tronco ahuecado como si hubiera recibido una herida, pero venció la muerte y siguió floreciendo, aunque quedó para siempre la visible cicatriz de su herida. A otro árbol le cortaron el tronco para utilizarlo como madera y leña por lo que quedó apenas una pequeña sección del tronco plantado en el suelo gracias a sus poderosas raíces. Parecía que el tronco solitario moriría al no contar con ramas ni hojas; sin embargo, el tronco se aferró a sus raíces y luego de un tiempo, fueron creciendo nuevos retoños.
La vida de los árboles es un reflejo de nuestras vidas. Tenemos unas raíces que evidencian nuestros orígenes en los que se conjuga nuestra herencia familiar y genética en donde se encuentra además el humus en el que nos asentamos con sus condiciones sociales y contextuales. Las raíces conducen la savia hacia los troncos y ramas para generar las hojas, flores y frutos. Cada ser humano con sus propias raíces tiene sus hojas abiertas a la vida, brinda flores de carácter que embellecen al mundo y frutos de acciones.
Así como los árboles, los seres humanos a lo largo del caminar vital presentamos distintas heridas. En algunos casos pueden ser heridas superficiales, en otros casos pueden ser heridas profundas que se acercan a nuestro tronco o raíces. Heridas que dejan huellas físicas y psicológicas. Vale la pena preguntarnos, ¿qué flores y frutos entregamos a los demás? ¿qué hacemos con nuestras heridas… nos detienen en el camino o más bien son ocasión para generar una vida renovada?
São Paulo es una ciudad localizada en el sureste de Brasil y constituye un importante centro económico y cultural. Su población de 22 millones de habitantes la convierte en la ciudad más poblada de Latinoamérica.
São Paulo en sus orígenes tiene relación con las misiones jesuitas. Los jesuitas encontraron apoyo en los indios liderados por Tibiricá y Caiubí, quienes construyeron en la meseta del “Planalto de Piratininga” una pequeña casa que se denominaría “Patio do Colegio” y que sirvió, por casi un año, de iglesia, colegio y brindaba abrigo a unos veinte religiosos jesuitas. El 25 de enero de 1554 (día de San Pablo) se celebró la primera misa en el “Patio do Colegio”, acontecimiento que quedó como referencia fundacional de la ciudad.
En aquella época, tuvo gran relevancia el jesuita José de Anchieta. Este misionero fue un poeta, dramaturgo y académico. Siguiendo con la convicción jesuita de valorar a la gente y a las culturas de los pueblos evangelizados, Anchieta escribió la primera gramática en lengua Tupí y numerosas cartas describiendo la vida y costumbres de los indígenas. Además, recorrió a pie los territorios de lo que hoy son Argentina, Uruguay, Brasil y estudió con detenimiento su flora, fauna y geología.
Los jesuitas en ese tiempo no sólo se preocupaban de atender las necesidades espirituales de los indios, sino también de sus realidades terrenas. Los religiosos hacían las veces de médicos y de farmacéuticos; realizaban sangrías en indios enfermos y hasta ayudaban en los partos. Defendieron a los indios de la institución del esclavismo que fue desarrollado en la economía colonial portuguesa. Este respeto a la cultura y derechos de los indígenas nunca se perdería, por eso los jesuitas tuvieron problemas con los colonos hasta que finalmente en el año de 1760 serían expulsados de las colonias Portuguesas. Estos hechos quedaron muy bien representados en la película “La Misión”.
José de Anchieta falleció el 9 de junio de 1597. El 10 de agosto de 1736 el Papa Clemente XII lo declaró Venerable. Juan Pablo II lo beatificó el 22 de junio de 1980 y el Papa Francisco lo canonizó el 3 de abril de 2014. Cada 9 de junio se celebra la fiesta de San José de Anchieta.
“¿No te olvidas el esfero?” le pregunta una joven a su compañero mientras caminan en dirección al recinto electoral de la Universidad Salesiana en Quito. No se confunda estimado lector, no es que la crisis haya llegado el extremo de que en las juntas electorales no haya esferográficos para marcar el voto. Cada recinto electoral está equipado con todo lo necesario para que los ciudadanos puedan votar. El tema de fondo es la desconfianza ciudadana. Días previos a las elecciones circulaban unos vídeos por redes sociales en donde se recomendaba llevar su propio bolígrafo ya que supuestamente los dispuestos en las mesas electorales podían borrarse al exponerse al calor. Recordando bien, esos vídeos me resultan conocidos de otras elecciones pasadas, por lo que la desconfianza viene de tiempo atrás.
Llego cerca de las 2 de la tarde al recinto electoral. Me llama la atención que la calle de acceso está parcialmente cerrada y hay una camioneta de la policía municipal, pero nada fuera de lo común. Aunque sí hay algo curioso: en las paredes aledañas se encuentra pintado - con una plantilla - un retrato del candidato Otto (quien fue vicepresidente en el gobierno de Lenín Moreno) con una consigna en su contra. El recinto electoral no tiene mucha concurrencia a esa hora; en la planta baja hay un espacio con mesas para descansar y varias personas están sirviéndose alimentos. Al subir las gradas me dirijo a la mesa que me corresponde y por primera vez veo presencia del ejército, al igual que en elecciones anteriores. Hubo el rumor de que verificarían los bolsos o mochilas a la entrada, y que habría una nutrida presencia del ejército en los recintos, pero el ambiente se ve como en pasadas elecciones: gente que entra y sale con paso apurado y personas ubicadas a la salida preguntando si se quiere emplasticar el documento. Rumores anticipados para estas elecciones anticipadas.
Una calle de "La Floresta" en Quito (Foto: Peregrino)
Estoy listo para salir, luego de un par de semanas de permanecer dentro de casa. Me pongo la mascarilla y un sombrero para protegerme del fuerte sol quiteño. Voy en búsqueda de una farmacia pero se me hace difícil caminar y respirar con mascarilla bajo el sol; a pocas cuadras me la quito para respirar mejor y tomo la precaución de caminar por calles secundarias que apenas tienen gente. Observo a un señor que se ha bajado de su moto y se sienta en la vereda para hablar por su celular sobre un pedido. En los bajos de un edificio residencial se encuentran varias botellas de licor como mudos testigos de una celebración clandestina. Me acerco a la zona turística de La Mariscal, en otros tiempos ruidosa, pero en esta ocasión solo hay un silencio interrumpido por motos policiales. Paso cerca de un restaurante entreabierto y se escucha el lamento de la canción “Fatalidad” de Julio Jaramillo. Llego a la avenida Amazonas, me pongo nuevamente la mascarilla y parece que algunas farmacias han reinventado el negocio, ya que no recuerdo que en otras ocasiones estuviese el letrero “Se vende helados”. Me dirijo hacia allá. Tomo distancia de las dos personas que aguardan. El primero, es un joven que hace un largo pedido mientras con una mano lee el celular y con la otra sostiene un casco. Luego es atendido un señor vestido con un inmaculado terno blanco. Con acento brasileño pregunta por algo que no hay y se aleja desorientado. Hago la compra y retomo mi camino. Una señora y un joven venden de manera discreta mascarillas y guantes. Un poco más allá, dos venezolanos aguardan con su caja de venta de cigarrillos, mientras un indigente pide una moneda a los transeúntes. Regreso a casa con mis medicinas y con la soledad del desencuentro.
Hace unas semanas estuve en la ciudad de Tarapoto, en la Amazonía peruana, donde se desarrolló el VIII Foro Social Panamazónico entre el 28 de abril y el 1 de mayo de 2017. Mientras duraba el evento, estaba abierta una feria artesanal con unos 50 puestos en los que se ofertaban diversos productos originarios de la Amazonía peruana. Se encontraban una variedad de artesanías elaboradas a mano, algunas de las cuales demostraban una gran creatividad y habilidad de sus creadores.
Artesanías originarias de la Amazonía peruana
Entre los puestos con artesanías, se encontraban algunos atendidos por personas pertenecientes a la cultura de los Shipibos. La mayoría de los Shipibos vive en la Región Ucayali (selva baja del Perú) y se caracterizan porque ellos mismos elaboran todo lo indispensable para atender sus necesidades: construyen sus canoas, redes de pescar, vestidos y la materia prima es tomada de la misma naturaleza amazónica con sus plantas, animales, lagunas y ríos.
Artesanías de origen Shipibo
En la feria, me acerqué a un puesto atendido por dos mujeres indígenas shipibas de avanzada edad que venían desde la zona de Pucallpa. Tenían cierta dificultad para hablar en español, pero atendían muy amablemente y sonrientes. Compré un par de recuerdos que los introduje en mi bolso artesanal ecuatoriano de origen otavaleño. Una de ellas, me dice “bonito bolso” y le muestro los motivos andinos tejidos: una casita y montaña. Por lo que me propone hacer un intercambio o “trueque”. Le entregué mi bolso y ella me dio una pulsera, un collar de diente de lagarto y estaba por darme un segundo collar maravilloso, pero le dije que agradecía su generosidad, pero me parecía suficiente; después de todo, mi bolso era sencillo y al prodigarse en el intercambio sentía que ella salía perjudicada. En todo caso, es así como la amable indígena me enseñó en la práctica el valor del trueque, una práctica ancestral en armonía con la naturaleza y acorde con prácticas milenarias de intercambio. Luego de esta experiencia me preguntaba si es posible regresar al trueque. Parece muy difícil en un contexto de capitalismo dominante con su mecanismo de oferta/demanda, compra/venta. Sin embargo, se pueden observar iniciativas de trueque en las redes sociales (como Facebook). ¡Vale la pena intentarlo!
Tuve la oportunidad de colaborar con el equipo misionero de frontera del Vicariato de Sucumbíos. Además de Lago Agrio, logré visitar las comunidades que se encuentran en el Puente Internacional, General Farfán (llamado comúnmente la Punta), Patria Nueva, El Proyecto San Miguel (Vía a Colombia) y San Francisco. Si bien mi recorrido fue más bien en zonas campesinas de frontera, hay que tomar en cuenta que Sucumbíos es muy diversa. Además de la población urbana, se encuentra la población mestiza campesina, población afroecuatoriana e indígena (quichua y cofán).
Sección norte
de Sucumbíos con el Río San Miguel (Límite con Colombia)
En esta época hay abundantes lluvias con la consecuente creciente del Río San Miguel en la frontera y el Río Aguarico (al sur de Lago Agrio). Los pobladores temen el desbordamiento de los ríos que puede afectar las viviendas y cultivos. El maíz ha sido fuertemente afectado, por lo que en la actualidad se está trayendo maíz desde el interior de Colombia. Por otro lado, un comentario general es que a raíz de las fumigaciones con glifosato (por el año 2000) la tierra se ha vuelto menos productiva.
El paso hacia Colombia se nota tranquilo seguramente debido a la desmovilización de las FARC. Sin embargo, choca el contraste entre el puesto de policía fronteriza ecuatoriana y colombiana. En la zona colombiana, luego de cruzar el puente, la caseta de policía se encuentra protegida por sacos de arena. Lo mismo sucede en el caso de los pozos petroleros de Ecuador y Colombia. Los pozos que se encuentran cercanos a Lago Agrio lucen solitarios. En contraste, en el lado colombiano, en Puerto Colón San Miguel (Putumayo) la zona petrolera de la “Batería Colón” se encuentra personal militar fuertemente armado.
Vista desde el Puente Internacional del Río San Miguel (a punto de desbordarse).
Apenas se cruza el puente sobre el Río San Miguel, en el lado colombiano hay numerosas camionetas que ofrecen transporte hacia el pueblo de “La Hormiga” (Valle Del Guamuez, Putumayo) por 7.000 pesos, que equivale a algo menos de 3 USD. Este pueblo está a menos de una hora de la frontera y en la parte inicial del trayecto de la carretera casi va en paralelo con el Río San Miguel, que en esa ocasión estaba cerca de desbordarse. El chofer cuenta que en caso de desbordarse toda la zona se inundaría, incomunicando a las poblaciones. En el trayecto tanto de ida como de vuelta se encontraban automóviles ecuatorianos que iban y venían hacia La Hormiga, que se dedica al comercio, como Ipíales (Nariño) aunque es más pequeño y con menos infraestructura que la población nariñense. En La Hormiga se encuentran anuncios ofertando los productos a ecuatorianos con facilidades de pago ya sea en dólares o con tarjeta de crédito. A pesar de que el IVA en varios productos colombianos se incrementó al 19% todavía sigue siendo conveniente comprar en el lado colombiano.
En toda la zona fronteriza se encuentran familias colombo-ecuatorianas que comparten historias familiares a los dos lados de la frontera. En el caso de las personas que llegaron en situación de refugio hacia el Ecuador manifiestan su deseo de que la paz siga avanzando, con todo, de manera general no desean regresar a Colombia. Con el tiempo han ido formando nuevos lazos familiares y afectivos en el Ecuador, por lo que no ven su futuro en Colombia. Por otro lado, al no estar la paz consolidada, siguen viniendo colombianos en necesidad de protección internacional. También hay nuevos motivos de migración forzada: se estima que habría decenas de personas que se habrían trasladado desde Mocoa (Capital de Putumayo) hacia Sucumbíos debido a la avalancha en dicha población. Esta tragedia también ha acercado a las poblaciones ya que desde Sucumbíos han sabido brindar apoyo [1] a los hermanos colombianos.