Hay variedad de árboles, no solo por su edad, tipo, tamaño o color, sino también por la historia de cada uno de ellos. Me encontré con un árbol con un tronco ahuecado como si hubiera recibido una herida, pero venció la muerte y siguió floreciendo, aunque quedó para siempre la visible cicatriz de su herida. A otro árbol le cortaron el tronco para utilizarlo como madera y leña por lo que quedó apenas una pequeña sección del tronco plantado en el suelo gracias a sus poderosas raíces. Parecía que el tronco solitario moriría al no contar con ramas ni hojas; sin embargo, el tronco se aferró a sus raíces y luego de un tiempo, fueron creciendo nuevos retoños.
La vida de los árboles es un reflejo de nuestras vidas. Tenemos unas raíces que evidencian nuestros orígenes en los que se conjuga nuestra herencia familiar y genética en donde se encuentra además el humus en el que nos asentamos con sus condiciones sociales y contextuales. Las raíces conducen la savia hacia los troncos y ramas para generar las hojas, flores y frutos. Cada ser humano con sus propias raíces tiene sus hojas abiertas a la vida, brinda flores de carácter que embellecen al mundo y frutos de acciones.
Así como los árboles, los seres humanos a lo largo del caminar vital presentamos distintas heridas. En algunos casos pueden ser heridas superficiales, en otros casos pueden ser heridas profundas que se acercan a nuestro tronco o raíces. Heridas que dejan huellas físicas y psicológicas. Vale la pena preguntarnos, ¿qué flores y frutos entregamos a los demás? ¿qué hacemos con nuestras heridas… nos detienen en el camino o más bien son ocasión para generar una vida renovada?
Hermosa reflexión
ResponderEliminarMuchas gracias por compartir
La vida de la gente es igual, pero a veces no nos damos cuenta, la famosos reciliencia.
ResponderEliminarQué buena reflexión. Ocuparnos más de que nuestras heridas no nos hundan en la amargura, sino que den fruto y den cuenta de las lecciones aprendidas.
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