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noviembre 09, 2011

Picasso y el peregrinaje de la vida

Cuando tengo tiempo, me encanta caminar sin rumbo por el centro de Madrid y que me sorprendan sus múltiples plazas en medio de enmarañadas calles. Hace más de un mes, en una de esas caminatas me encontré con una gran edificación que resultó ser el Museo Nacional del Prado. Aprovechando este encuentro accidental, me acerqué para preguntar los horarios y precios para volver otro día con más calma. Cuál no sería mi sorpresa que a esa hora de la tarde, la entrada estaba liberada, así que, sin pensarlo, me sentí “empujado” hacia el museo. Tenía solo unos 30 minutos antes de que cierren. ¿Qué hacer en tan corto tiempo? Luego de dar unos pasos me encuentro con una sala que albergaba la pintura visitante “La acróbata de la bola”. ¿Pintura visitante? Sí, porque a pesar de que esta obra sea creación del pintor español Picasso, no pertenece a ningún museo Español, pertenece al Museo Pushkin de Moscú, por eso se encuentra en Madrid solo “prestadita” hasta diciembre.

En la pintura se presentan dos figuras humanas tomadas del mundo circense. Ambas figuras se encuentran apoyadas sobre sólidos geométricos. En un primer plano y de espaldas, se encuentra un hombre grueso, de apariencia pesada, sentado sobre un cubo. En un segundo plano se encuentra una graciosa acróbata haciendo equilibrio sobre una bola. La primera figura presenta trazos marcados por sombras que le proporcionan tridimensionalidad, acrecentando así su pesadez; mientras la acróbata presenta trazos suaves, dando así una sensación de levedad. En el fondo del cuadro se ve un paisaje borroso donde está una mujer junto a un niño, un perro y un caballo blanco.

Al contemplar “La acróbata de la bola” se me ocurrió que se la puede asociar simbólicamente con la idea del peregrinaje vital. El peregrinaje es leve y a la vez es inseguro, ya que el peregrino más que conocer las rutas, las va descubriendo. Como dice Antonio Machado: Caminante no hay camino, se hace camino al andar. El estar sentado sobre un cubo es estar estático, parado; pero también puede ser el descanso luego de un largo peregrinaje. Ese contraste entre esfera / cubo, levedad / pesadez, lejos de presentar una contradicción, nos muestra una complementariedad que se expresa bellamente en el cuadro.

Esta situación que puede darse en el peregrinaje vital de una persona también se la puede relacionar con un sentido comunitario. Quien peregrina puede caminar gracias a que otros le dan soporte, aunque posiblemente estén estáticos dedicados a tareas aparentemente rutinarias. Por ejemplo, una madre que hace tareas rutinarias para que su niño pequeño pueda seguir creciendo en un ambiente sano. Una ONG  que logra tener personas activas “en campo” gracias al trabajo arduo de quienes están diseñando un proyecto. Una institución educativa, sea de educación básica o universitaria, que dedica largas horas de planificación en beneficio del aprendizaje en sus alumnos.

Volviendo al tema de “La acróbata de la bola”, Javier Barón (experto en Pintura del siglo XIX del Museo del Prado) afirma que “las dos figuras principales de esta obra revelan los polos del arte de Picasso, la creatividad y la fantasía, por un lado, y la seriedad y el rigor, por otro”. Considero que esta necesidad de creatividad, fantasía y rigor no se aplican solo al artista, sino también al peregrinaje vital, de tal manera que todos somos llamados a hacer de nuestras vidas una obra de arte.

2 comentarios:

  1. La vida es un peregrinaje. Yo solamente aportaría con algo más: la bola sobre la que se apoya la acróbata también puede ser el reflejo de la inestabilidad que tanto caracteriza al mundo contemporáneo. Pablo

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  2. Que hermoso me gusta la frase "hacer de nuestras vidas una obra de arte" genial análisis del peregrinaje en el arte y en la vida!

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